Vasco Fernandes «Gráo Vasco» (1475 – 1542 aprox.)

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El Grao Vasco fue una de las personalidades más vigorosas de su tiempo y espejo de dos tiempos y de dos mundos -la edad media y los tiempos modernos- que en su obra se cruzan sin poder combatirse. 

Detalle de San Pedro pintado para la Catedral de Viseu, de Grao Vasco

Asociado a la ciudad portuguesa de Viseu hasta su muerte (se desconoce su lugar de nacimiento, así  como las fechas de ambos acontecimientos), fue un hombre que siendo reconocidamente grande para sus contemporáneos fue elevado por los venideros a la categoría de mito. Y el epíteto de Grande (Grao), que le atribuyó la «vox populi», permaneció para siempre.

En los años 1501-1512 el nombre de Vasco Fernandes aparece documentado como pintor, casado y residente en Viseu, con taller situado en una calle próxima a la catedral, del que se muda, cerca de 1512, a un nuevo lugar con un taller más amplio, fuera de las puertas de la ciudad.

De la excepcional producción del taller  granvasquino se conserva un singular número de obras, conservadas, en su mayor parte, en el Museo de Grao Vasco, en Viseu. Si el conjunto de los dieciocho paneles iniciales para el altar mayor de la Sé (catedral) de Viseu, realizados entre 1501 y 1505, ofrece dudas acerca de su autoría,  no ocurre lo mismo con el resto de su obra.

Vasco Fernandes estuvo influenciado en sus inicios por las corrientes pictóricas  del norte, particularmente las flamencas, debido al contacto con obras y artistas de alli provenientes. Además,  obras impresas y grabadas (como las de Alberto Durero y Martin Shongauer) influyeron posteriormente en las líneas  de su estilo, que derivará  hacia una orientación italianizante, lo que no es extraño dada la presencia en Viseu del obispo Miguel  da Silva (con una larga estancia en las cortes pontificias de Leon X y Clemente VII), su principal mecenas, humanista empeñado en el cultivo de las artes y las letras.

Grao Vasco realizó su obra en una vasta geografía que abarca desde Tras-os-Montes al Duero (Lamego), y a los extremos  de la Beira (Coimbra y Tomar), pero fue en Viseu donde elaboró la parte sustancial de su producción. 

El magnífico conjunto que conforman los cinco retablos ejecutados para la Sé de Viseu entre 1535-1540 por orden de Miguel da Silva (Pentecostés,  san Sebastián,  san Pedro, Bautismo de Cristo y Calvario) refleja tanto la generosidad de un obispo como el esfuerzo pedagógico de un pastor que profundiza en las doctrinas a través  de tales instrumentos.

Otras obras realizadas anteriormente, como la Ultima Cena o la Sagrada Eucaristía  y el Cristo en casa de Marta y María,  destinadas a la capilla del palacio del Fontelo, donde Miguel da Silva instauró un modo de vivir «a la romana», reflejan la personalidad de un hombre, su estilo de vida  y la ortodoxia  de su doctrina.

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