La Calumnia de Apeles – Botticelli

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1495. Pintura al temple sobre madera. 62 x 91 cm. Galería de los Uffizi.

Obra «La calumnia de Apeles» de Sandro Botticelli

Hacia 1495 Botticelli emprendía, seguramente, su última obra conocida de tema profano para regalársela, según Vasari, a su buen amigo el banquero florentino Antonio Segni. A diferencia de la mayoría de pinturas mitológicas de Botticelli,  la «Calumnia» es de dimensiones modestas.

La acción se desarrolla en una fastuosa decoración arquitectónica y tiene como referencia una obra clásica: una tabla perdida del genial griego Apeles de Efeso conocida por una descripción que hace de ella el escritor griego Luciano, el cual, sin embargo, parece confundir la época en que transcurre la historia de traiciones y calumnias que dio lugar a la pintura, trasladándola a finales del siglo III a.C (219 a.C.), es decir, unos setenta u ochenta años después de que Apeles hubiese muerto. Según cuenta Luciano en la obra originariamente escrita en griego «De calumnia», el pintor Antífilo, celoso de la fama de Apeles, denunció injustamente ante el sádico Tolomeo, rey de Egipto, que Apeles había urdido un plan junto con Teodotas de Fenicia para sublevar Tiro.

Tolomeo, enfurecido, habría degollado a Apeles de no haberlo impedido uno de los condenados por la conjura que, indignado por la desvergüenza de Antífilo, defendió la inocencia del pintor. El rey reconoció su error, indemnizó a Apeles con cien talentos y le entregó a Antífilo como esclavo; peromel pintor, no olvidándose del riesgo corrido, se vengó de la calumnia  realizando una tabla que Luciano describe como sigue: «a la derecha está sentado un hombre de largas orejas, que tiende la mano hacia la Calumnia, la cual viene a su encuentro desde lejos.

Alrededor de él se encuentran dos mujeres,  una es la Ignorancia y la otra la Sospecha. Por el otromlado avanza la Calumnia, una mujer extraordinariamente bella, pero encolerizada y excitada, según parece por la rabia y el furor,  que con la mano izquierda sostiene una antorcha encendida, mientras con la otra arrastra de los cabellos a un joven que levanta las manos al cielo llamando a los dioses como testigos.

La dirige un hombre pálido y feo, de mirada penetrante y aspecto análogo al de aquellos a quienes consume una grave enfermedad. Es fácil imaginar que se trata de la Envidia. Otras dos mujeres acompañan  a la Calumnia, le dan ánimos y le arreglan la ropa y el peinado; una es la Insidia y la otra el Engaño. Detrás venía una mujer vestida de luto, con vestido negro y roto que posiblemente se llamaba Arrepentimiento; se volvía hacia atrás llorando, y con los ojos entreabiertos miraba a la Verdad que iba llegando. Fue así como Apeles consiguió representar el riesgo que él mismo había sufrido».

En el tercer libro de «De Pictura», Alberti, tras recomendar a sus pintores, después de estudiar geometría,  la lectura de las obras de poetas y retóricos para alimentar su imaginación y ayudar a la invención,  pone como ejemplo  la descripción de Luciano de la pintura perdida de Apeles: «si esta historia capta ya los ánimos al ser descrita, ¿cuánta gracia y placer piensas que exhibiría en una pintura de un eximio pintor?»  Este eximio pintor que llevó la descripción de Luciano a una tabla fue Botticelli. 

Para las figuras alegóricas, el florentino sigue en lo esencial el texto de Luciano,  que debía conocer por alguna de las distintas traducciones  realizadas en Italia durante el siglo XV. Pero Botticelli no sólo representa las alegorías,  sino el movimiento que parece intuir Luciano en la composición de Apeles de Efeso, movimiento sugerido aquí por la agitación de los ropajes, cabellos, actitudes y gestos de los distintos personajes, excepto el que alegoriza la Verdad. Su serenidad contrasta con el acto vergonzoso e inquietante de la Calumnia. A diferencia de ésta,  que viste elegantemente, con túnica blanca y manto azul, la Verdad se representa desnuda y noble.

El pórtico del palacio del rey Tolomeo, abierto al cielo y el mar, sirve de fondo y participa a la vez de la intensa emotividad de la escena, preludiando la importancia que adquirirá la arquitectura en las últimas obras del pintor. Está profusamente decorado de hornacinas  limitadas por bajorrelieves dorados que también ornan los casetones de las bóvedas y el zócalo pétreo  del trono del rey.

Botticelli,  como lo hizo Apeles, quizá pintó la obra a modo de venganza contra algún acusador del propio pintor, como homenaje al gran pintor griego que, al igual que él,  perseguía la expresión de los sentimientos humanos, como denuncia de las calumnias que sufrió Savonarola o, por el contrario, como defensa de la pintura y la escultura que el fraile dominico había atacado duramente en sus sermones. En cualquier caso cabe pensar que, como Luciano en su discurso, Botticelli en su tabla se refería «antes que nada, a las falsas acusaciones lanzadas por conocidos y amigos, por cuyo motivo familias enteras han quedado destruidas, ciudades asoladas, padres enloquecidos contra sus hijos, hermanos contra hermanos, hijos contra padres y amantes contra seres amados. Muchas amistades trucáronse también,  y otros juramentos quedaron rotos por dar crédito a las calumnias».

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