La trinidad – Masaccio

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La trinidad de Masaccio. Pintura mural, 667 x 317 cm, iglesia de Santa Maria Novella (Florencia, hacia 1427)

Obras renacentistas - la trinidad - Masaccio
La trinidad obra de Masaccio

Ciertamente,  cuando uno se encuentra ante la Trinidad (probablemente de 1427) en la basílica de Santa María Novella, en Florencia, advierte en el grandioso fresco un manifiesto cabal de la nueva visión humanista. Gracias al uso rigurosamente científico de la perspectiva brunelleschiana , se creó una poderosa estructura arquitectónica con un espacio imaginario («parece que se haya agujereado el muro», escribió Vasari) análogo al real.

Estructura clásica que simula una variedad de materiales (piedra, ladrillo, mármol), que confieren una detallada y articulada solemnidad al templete con bóveda de cañón  casetonada, que se alza sobre una mesa de altar, por el contrario, muy simple, bajo el cual yace en un sepulcro, de perfil y con gravedad monocroma, un esqueleto con inscripción admonitoria «io fui gia quel che voi siete/ e quel che io sono voi ancor sarete»  («Yo fui ya lo que vosotros sois; con el tiempo seréis lo que yo soy»).

Pero mediante un esquema triangular vigorosamente ascendente, la visión  que se abre a los dos orantes, hombre y mujer ancianos, arrodillados a los lados en un escalón , es la certeza de la fe cristiana. La Virgen, en correspondencia simétrica con un san Juan doliente, señala al pálido Crucificado, del que se ve, con buscado realismo, incluso el pubis; mientras, detrás suyo está el Padre Eterno, de pie sobre una repisa por adecuación racional a los principios de la física. Ninguna trascendencia, pues, ni siquiera en el Padre, viejo absorto e impasible, y ya velado por la sombra del espacio en profundidad.

La del fresco de Santa Maria Novella es una visión,  por lo demás,  estoica y sin oratoria,  pero de dimensiones completamente humanas, en la que las figuras que rezan se representan, por vez primera, en la misma escala y dignidad figurativa que los personajes divinos.

Aunque el paso del tiempo  puede haber apagado los colores, la pintura debió de caracterizarse por su contrapeso cromático y lumínico,  en una armonía de tintes rosados y oscuros que concluye en las ropas del Padre Eterno,  y que también resuena en el intradós de la bóveda casetonada.

Finalmente, ahí se realiza esa unidad del «disegno» que fue un pensamiento teórico fundamental de la escuela  florentina: aquí,  en realidad,  el «disegno» produce arquitectura, pintura, así como plasticidad escultórica. 

La «Trinidad» es una obra culminante, de un sobrio y sereno perfeccionismo. 

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